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Perder un hijo es lo peor que le puede pasar a un padre. Dicen que se muere junto con él.

Cuentan que así le pasó a una familia del poblado El Barrote. Papá, mamá y tres pequeños vivían felices, con poco dinero, pero con mucho amor, con alegría.

La felicidad terminó una tarde de octubre, de esas que llegan con nubes grises… y negras.

El pequeño, de escasos cinco años, jugaba con sus amigos, entraba, salía, corría. De pronto, no apareció.

Uno de los vecinos tuvo la pésima idea de buscar en el canal del Barrote… y acertó. El cuerpo apareció más adelante, inerte, pálido, frío, atorado en unas compuertas.

El dolor era enorme, la madre se reclamaba por no haberlo cuidado, le reclamaba a los hijos, al esposo, a los vecinos, hasta a Dios mismo.

Cuentan que una tarde de finales de otoño se escuchó un grito que caló hasta los huesos de los vecinos. “¡Diooooos!”, se escuchó… luego, vino la maldición.

La señora, el esposo, los hijos, todos se fueron de esa casa. Semanas después llegó una familia a habitarla. Nadie sabía de la maldición. Pocos días después, uno de los pequeños murió bajo las pesadas llantas de una máquina agrícola.

Meses más tarde llegó otra familia, uno de sus pequeños murió ahogado en el canal de agua. Para ese entonces, los vecinos del Barrote ya sabían las palabras que habían salido de lo más profundo de la dolida alma de la señora.

“Malditos sean todos los que lleguen a vivir a esta casa; van a sentir el dolor de ver morir a uno de sus hijos… van a morir en vida, igual que yo”, había dicho desde lo más profundo de su corazón, cargado de odio y veneno.

Una familia más llegó a habitar la vivienda. Muchos ya presentían el final, pero callaron. Semanas después, el pequeño hijo murió de la “enfermedad del amor”, su mascota lo infectó de rickettsia.

La casa luce sola, el tiempo ha hecho su trabajo y ahora se cae a pedazos. Nadie la quiere habitar, nadie quiere ni voltear a ver a…. ¡la casa maldita!