Por Norma Luz Pesqueira.

Corre Lucía, corre. Se decía a sí misma. Si el miedo y la esperanza caben al mismo tiempo en un solo corazón, este era el momento. No sentía la tenue lluvia de Seattle mojando su cabello, ni se dio cuenta cuando sus pies resbalaron en el pavimento al salir del edificio. Solo estaba consciente de la batalla que libraba en su interior.

Sabía que si se detenía, el miedo ganaría y nunca saldría de su encierro. No soportaba la idea de que jamás disfrutaría de las risas de los niños que juegan en el parque, ni de las demostraciones de amor de las parejas que pasean por las calles, pero, más le dolía perder la oportunidad de adentrarse en los ojos color miel de Andreas.

Llevaba siete años sin salir de su departamento. Su vida transcurría en un espacio de 20 por 20 pies. Ahí dormía, comía, trabajaba; su vida social se limitaba a las visitas de su editora, sus padres y los repartidores de comida.

La agorafobia la sumía en una eterna rutina que la estaba matando por dentro. Todo empezó ese día en que sus padres la despertaron de madrugada en su pequeña casa en San Luis Rio Colorado, para correr detrás de un coyote, en busca del sueño americano.

Un auto tocó el claxon para que se moviera de su camino y el miedo a morir la asaltó de nuevo como ese día en el desierto de Arizona. Las manos le hormigueaban, la presión en el pecho se intensificó y los escalofríos recorrieron su cuerpo.

Por un momento vaciló, pero recordó su risa, ese acento italiano que tanto le gustaba. No esperaba nada de la vida cuando el matemático le empezó a escribir por Facebook. Había leído una de sus novelas y quería conocerla.

Corre Lucía, corre, se gritaba a sí misma en silencio. -Ya falta menos. Había pasado la ruidosa calle que la separaba del parque y solo tenía que cruzarlo, pero, aunque apenas eran las 10:00 de la mañana, había bastante gente en el lugar. En la Ciudad Esmeralda nadie se amilanaba por un poco de lluvia, la vida seguía su marcha.

Andreas había dicho que le tenía una sorpresa para el 14 de febrero, pero nunca imaginó que cruzaría el océano por ella. Ahora era su turno. También cruzaría un océano, pero el de ella era un mar de aguas negras y agitadas que trataban de tragarla a su paso.

A mitad del parque el sudor resbalaba por su cuerpo y las gotas saladas entraron a sus ojos, el ardor le hizo cerrarlos y cayó de bruces al tropezar con una piedra. Empezó a llorar como una niña y pensó en regresar a la seguridad de su jaula.

Su celular sonó y escuchó su voz. -Dove sei amore mio? Non ti vedo.

Lucia trató de hablar, pero la voz no salía de su garganta. Aunque el miedo a morir en el espacio abierto seguía acechándola, el amor le dio la fuerza que necesitaba y se levantó. El lodo en sus manos manchó su rostro cuando se limpió las lágrimas.

Con energía renovada continuó su carrera hasta el café del otro lado del parque. Entonces lo vio. Venia hacia ella con una gran sonrisa en los labios y los brazos extendidos.

Vestía una larga gabardina negra y en la mano derecha llevaba un gran ramo de rosas rojas.

Las piernas de Lucia se doblaron, pero Andreas alcanzó a sostenerla con fuerza y la apretó contra su pecho. Ella supo que entonces que todo estaría bien. El amor la había salvado.