Hace pocos años, todo era lujo, actividad y futurismo; ¿qué pasó?, pocos lo saben, lo cierto es que algo ha comenzado a torcerse. Los carteles de ‘Se vende’ o ‘Se alquila’ asoman por doquier, colgados en las fachadas de cristal de torres huérfanas de vida.

Dubai -la otrora ciudad futurista de espigadas atalayas, islas artificiales con forma de palmera y centros comerciales de proporciones faraónicas- ha dejado de ser El Dorado en mitad del desierto.

La villa de robots policía, taxis voladores y agentes de carne y hueso patrullando a bordo de Bugatti, Porsche o BMW se abrocha el cinturón. A la fuerza.

“Dubai está sufriendo los errores que cometió hace más de una década cuando quienes desarrollaron la ciudad hicieron apuestas dudosas invirtiendo el dinero prestado en proyectos ridículos y sumamente costosos”, comenta a Papel Jim Krane.

Krane es analista de la Universidad Rice de Texas y autor de Ciudad del oro, Dubai y el sueño del capitalismo, que menciona extravagancias como albergar una de las mayores estaciones de esquí interiores del mundo en una ciudad cuya temperatura mínima del año es de 15 grados.

La historia de su decadencia, en efecto, comenzó a forjarse a finales de la década pasada cuando el emirato vecino de Abu Dabi -más aburrido, conservador y modesto pero tocado por los petrodólares- evitó la quiebra de Dubai, provocada por el estallido de su burbuja inmobiliaria, brindándole un rescate de 20.000 millones de dólares que lo alejó por un tiempo del abismo. Pero, ahora, un nuevo requiebro amenaza con hacerle caer.

Las ventas de los nuevos proyectos inmobiliarios, según un informe del centro financiero de Kuwait, se desplomaron un 46 % en el primer trimestre de 2018. Los precios en el mercado de compraventa de viviendas han caído un 15% desde finales de 2014. Una recesión que ya ha comenzado a sentirse en las calles de Dubai, un emirato de 5,6 millones de almas que es en realidad una inmensa torre de Babel. Solo el 23% de sus habitantes es emiratí.

Los expatriados españoleshan rehusado hablar. Ni siquiera desde el anonimato, muestra de cómo muchos sacrificaron su libertad de expresión -tabú entre los rascacielos- para amasar una pequeña fortuna, cada vez más amenazada.

En los confines de la ciudad cuyo emir Mohamed bin Rashid al Maktum publica libros recetando «felicidad y positividad», los números rojos se acumulan. Las licencias de apertura de nuevos negocios o el número de pasajeros transitando por sus aeropuertos también exhiben signos de constipado. En junio el grupo Abraaj, especializado en inversión en capital riesgo, protagonizó un monumental derrumbe. Tenía su sede en Dubai y había cementado las aspiraciones de la ciudad de convertirse en el centro financiero del mundo. De momento, el desorbitado gasto público en plena carrera para preparar la Exposición Universal de 2020 y las promesas de reformas y bajadas de impuestos han logrado detener la sangría. «Las ventajas comerciales de Dubai proceden de su apertura al exterior, su tolerancia religiosa y étnica y sus libertades sociales. Cuando se la despoja de todos esos atributos, la ciudad pierde», desliza Krane. «Su éxito en la aviación, las zonas de libre comercio, el turismo, el desarrollo inmobiliario o las finanzas está siendo replicado por sus vecinos. Todos están lanzando aerolíneas, construyendo complejos hoteleros a orillas del mar e impulsando las segundas viviendas. Dubai es aún la mejor opción, pero no volverá a ser la única. Ahora debe tratar con la competencia».

 

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