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José María Álvarez-Pallete, presidente de Movistar, hablaba hace poco ante un grupo de atentos alumnos en una escuela de negocios. “Recuerdo que en unas Navidades se disparó el uso de los mensajes de texto para expresar los mejores deseos a los seres queridos. Yo estaba tan contento, pero la alegría me duró solo cuatro años”.

“Fue hasta que unos jóvenes decidieron que los SMS eran aburridos e inventaron WhatsApp”. Las compañías telefónicas llegaron a ingresar 1.743 millones de euros al año en España por aquellos envíos que parecen un eco lejano del pasado y ahora corren gratis por las aplicaciones.

Los tiempos actuales son muy crueles con sus protagonistas. Las empresas saben que tienen qué cambiar todo para adaptarse al momento de mercado; de otra forma, morirán irremediablemente.

Los errores se marcan a fuego; lo podemos ver con la empresa Kodak, que tenía 64.000 empleados y facturaba más de 13.000 millones de dólares en 2003; ahora no llega a los 1.600 millones de ingresos porque no supo ver que su negocio se agotaba.

La Gran Depresión forzó el movimiento de las placas tectónicas de las corporaciones, los grupos se extendieron a otros territorios, huyeron de débiles mercados locales.

En la estela, las petroleras abrazan las energías limpias, la banca deja de manosear billetes y explota los servicios, las fábricas de automóviles ensayan fórmulas para que los coches no se compren y las operadoras telefónicas hasta se atreven a dar préstamos personales.

Apple lo ha hecho, hace pocos días, con el anuncio de su incursión en el mundo de la televisión y de las tarjetas de crédito porque no confía en que sus ventas de móviles vayan a sostener la compañía. Hay que cambiar todo… para seguir igual.